martes, 23 de noviembre de 2010

UP IN THE AIR, sociedad líquida

Zygmunt Bauman, último premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, denomina sociedad líquida a la actual sociedad que no quiere ningún tipo de compromiso, atadura o carga que le imposibilite salir corriendo cuando le venga en gana. Es decir, una sociedad cobarde, una sociedad que limita sus posibilidades de felicidad sólo porque así también limita su dolor en el caso de fracasar. Sociedad placebo. Peor aún, sociedad cáncer, por estar compuesta por individuos como Ryan Bingham (George Clooney), que predican su credo en deleznables libros de autoayuda.

Perdonad el tono, pero me da rabia que casi haya caído en la trampa de Jason Reitman. Veamos primero el argumento. Clooney es un individuo que se dedica a recorrer el país despidiendo a la gente. Para más inri, en los aeropuertos, en los hoteles, se siente mejor que en casa. Con tanto viaje el contacto familiar y las amistades tienden a cero, pero él, a falta de preocuparle, lo pregona en sus conferencias: cuanto menos lleves en la mochila, mejor podrás moverte. Cuando llega una nueva compañera de trabajo que quiere revolucionar el negocio instaurando la videopatada, a Clooney se le caen los palos del sombrajo, ya que su meta en la vida es acumular tantas millas de viajes como pueda. Porque sí. Sin finalidad alguna.

El resto del argumento es menos marciano: Clooney, que nunca baja la guardia, justo se enamora de una casada, aprende lo que es el dolor, y retoma el contacto con su familia.

Por supuesto la trama está rellena de alambicados diálogos bienintencionados cargados de psicología a lo Spencer Jonson. No es de extrañar que en su país de origen se estrenase el 23 de diciembre, cuando los corazones almibarados estaban mejor preparados para acoger el mensaje falsamente positivo de la película: tranquilo si te despiden, con el apoyo de tu familia y tu esfuerzo, conseguirás trabajo.

Puede. O puede que te perpetúes en el paro.

Lo que es seguro es que seguirá habiendo individuos como el personaje de Clooney, que despedirán sin dar explicaciones, sin pestañear.

Es tiempo de releer a Víktor Frankl.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

TRAINSPOTTING, apostando a no ganar jamás.

Éste es el título de una fotografía que Alberto García-Alix se toma mientras se inyecta heroína. Como Danny Boyle, director de la cinta, no hace un drama de la droga. Al contrario, no pierde un ápice de la frescura y comicidad que Irvine Welsh plasmó en su novela.
Gracias al guión adaptado de John Hodgey y de la fotografía de Brian Tufano, colaboradores habituales de Boyle, consiguen adentrarnos en el sinsentido de una adicción tan terrible como la de la heroína, en el delirio del síndrome de abstinencia, las repercusiones que tiene en amigos y familia… todo de una forma hilarante y trágica, con una potencia visual que hace que en pocos planos se pase de una escena familiar a una sobredosis, sin perder el hilo narrativo.
Ewan McGregor, en la piel del ambiguo protagonista Mark Renton, desprende un magnetismo mezcla del Alex de La naranja mecánica (A Clockwork Orange, Stanley Kubrick, 1971) y del Alfie de… Alfie (ídem, Lewis Gilbert, 1966). Definido en la película como “uno de esos chicos silenciosos y delicados […], un poquito chiflado, un poquito malo”, se encarga de recorrer Edimburgo entre bajones y subidones de heroína.
Renton, junto con sus así llamados colegas, parecen anclados en el pasado. La novela está situada a finales de los 80, situaciones que conservan los personajes, trasladados a la época actual de la película, mediados de los 90, apareciendo fuera de contexto a ojos del espectador, pertenecientes a otro lugar, efecto que acrecienta el uso de heroína en una época que arrasa el éxtasis.
Este tratamiento realista y trágico de la adicción, por un lado, pero con una estética innovadora y por momentos cercana al surrealismo, por el otro, crea un ambiente de realismo mágico, hilvanado por unos diálogos crudos, irónicos, alejados de la realidad.

lunes, 30 de agosto de 2010

ORIGEN, La vida es sueño

Y los sueños, sueños son. O no. Éste punto de partida tan calderoniano, y a la vez tan postmoderno, da alas a Christopher Nolan para que durante cerca de dos horas y media sigamos los pasos de Cobb, un ladrón de sueños. No me refiero a que robe sueños: es igual que un ladrón de bancos, sólo roba lo que hay de valor en su interior, su caja acorazada.
Cobb, que a estas alturas ya sabrán que se trata del protagonista interpretado por Leonardo DiCaprio, se dedica por encargo a substraer información de los sueños. No se puede adelantar más de la trama, simplemente apuntar que, de tanto entrar y salir de los sueños, y por hechos acontecidos en el pasado, Cobb tiene algún que otro tornillo ligeramente suelto. Para saber si está despierto, lleva consigo un tótem, un objeto que sólo dispone de ciertas características cuando uno se encuentra en la realidad.
En el mundo en el que vivimos -es decir, ese 20% que consume el 83% de los recursos naturales-, en el que nos podemos permitir el lujo de filosofar, se han hecho mil aproximaciones hacia la idea de realidad. Los sueños, los recuerdos, la distorsión de nuestro mundo mediante influencias externas (drogas) o internas (enfermedades), ha sido caldo de cultivo para guionistas en estos últimos años, con resultados dispares al ser muy complicado de traducir al leguaje cinematográfico.
Además, desde que los ejecutivos llevan las riendas del negocio, todo lo que huela a riesgo es cancelado o modificado. Es decir, toda película que su temática sea poner en entredicho la percepción de la realidad, está supeditada a la exhibición de efectos digitales.
Dentro de esta tesitura, Nolan, que ya se ha ganado a pulso un hueco entre los nuevos directores de la generación de los 70, consigue levantar un proyecto con su sello personal (la psicología oscura del protagonista, convertir un film en el escudo de Perseo a través del cual ver nuestra realidad desde otra perspectiva), sin que deje de ser un producto hollywoodiense (acción a lo James Bond, subtramas que intentan dar densidad pero sólo aportan confusión).
Incluso con estos injertos, Nolan mantiene el clímax durante todo el metraje, tensionándolo de manera magistral en la última media hora. Esto hace que los mazazos de la industria para que sea un producto romo (posee una gran carga retórica del self made man que tanto les gusta) no sean tan descarados.
La respuesta es clara: salas llenas de público que, algo insólito, aplaude al término de la proyección. Sólo hace falta que se pregunten el motivo por el que les ha gustado tanto, que lleguen a interpelarse por el porcentaje de realidad de la que son dueños en sus vidas.
Nolan sabe de la esquizofrenia que nosotros, nuestra sociedad, nos estamos creando con fines lucrativos, y antes de que se materializase la idea del tótem, ya sus antiguos personajes tenían ese “clavo ardiendo” al cual agarrarse para no acabar en un frenopático.
En un mundo (bueno, su 20%) en el que el Prozac es la droga legal de moda, no estaría mal que cada uno tuviera su propio tótem. Nolan tiene el suyo. ¿Usted?

domingo, 30 de mayo de 2010

CHÉRI, de Stephen Frears

Qué queréis que os diga, hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una película de época. ¿El motivo? Llamadme superficial, pero la razón era una sorpresiva Michelle Pfeiffer, tanto por su trabajo de actriz como por su belleza con cada traje que vestía, en cada postura que adoptaba, cada mirada perdida, en cada rayo de sol que alumbraba su cara. Lo mismo digo (salvando una diferencia de 22 años y mi inclinación heterosexual) del coprotagonista Rupert Friend, con esa cara de rasgos tan marcados, esos ojos de azul irreal, llegando a pecar de falta de expresividad, el mismo motivo por el que le dan toda la gracia de un mármol de la Grecia clásica
Desde luego éste es un mal comienzo para una crítica, ensalzando una película por el físico de sus actores. Todo tiene una explicación.
Chéri es la adaptación de la novela homónima de Colette, una controvertida escritora de la Belle Époque, y como no podía ser de otra manera, trata de la relación más que sexual entre la mejor cortesana a punto de retirarse (Lea de Lonval-Michelle Pfeiffer), y Chéri (Rupert Friend), el hijo de una cortesana ya retirada (Madame Peloux-Kathy Bates, siempre espléndida), sombra de lo que fue en un pasado ya demasiado lejano, y referente de todo lo que Lea no quiere ser.
Con este argumento comprenderán que incida tanto en los cuerpos, ya que es una obra en la que se transmite más por las posturas, por los gestos, que por las palabras.
Sin olvidarnos del director, ese Stephen Frears que sabe perfectamente su oficio (para ello es profesor en la National Film and Television School), aunque a quien hay que reconocer su gran trabajo es a Darius Khondji, gran director de fotografía (Delicatessen, Se7en, The Beach) que consigue que la piel de la Pfeiffer parezca que se ilumine desde dentro, captando esa luz fría de Biarritz que todo lo envuelve con su manto de porvenir mustio, esa lluvia parisina que parece calar las almas, ese sol otoñal que te hace olvidar la oscuridad de la sala y hace que desees que llegue la primavera y sus vestidos.
Habrá quien esté en contra de este producto, ya que pesa más el envoltorio que su interior, una adaptación literaria, para más inri. No he leído el libro, pero si de lo que se trata con una adaptación es poner imágenes a las palabras del libro, aquí están tan bien puestas que incluso sobra lo que te cuenten.
Y todo esto sin gafas 3D.

AN EDUCATION, un bonito papel de regalo.

“Esta película la ves en la tele y no vale nada” me dijo un amigo a la salida de la proyección. Si fuera una expresión mía, un tipo que se niega por sistema a ver películas en pantalla pequeña, podría pecar de falta de objetividad. Desde luego no todo el mundo dispone de lugares de proyección donde se pueda disfrutar más allá del cine comercial (sea éste bueno o malo, ya que cada vez se utiliza más este adjetivo de forma peyorativa), pero tampoco nos escudemos en ello para no hacer un esfuerzo porque, sinceramente, el home cinema, de cinema, nada.
Si a pesar de ello vas a descargarte la película, asume las consecuencias (estéticas y legales), y no caigas en el error de equiparar un Caravaggio con la reproducción en una lámina.
Si vas a verla en el cine, disfruta de su puesta en escena, de su rodaje en exteriores, de su fotografía y de una dirección artística impecable, ya que del resto de aspectos flaquea considerablemente, desde la trama (el final se adivina desde el minuto cero) hasta los actores (que no, que Carey Mulligan no convence ni a mi portero).
Podría explayarme sobre los defectos y virtudes de la película, pero sinceramente me molesta este despilfarro de medios: me disgusta que aparezca un impecable y espléndido Bristol 405 como si fuera un personaje más de la película (el mejor, podría decirse, a tenor de lo visto), me decepciona que esa carrera de galgos magníficamente bien resuelta se encuentre entre escenas vacías de contenido.
Desde luego no tengo nada en contra de películas con aparente narrativa cero (El cant dels ocells, Two lane blacktop), pero An Education es justamente lo contrario: una obra envuelta en una honrosa trama (el papel de las futuras mujeres en la Inglaterra de los años 60) que se va tornando incolora, inodora e insípida a medida que va cayendo el papel de regalo.

CAPITALISMO, UNA HISTORIA DE AMOR

¿Es Michael Moore un cineasta necesario? Algunos atacan su cine porque no aporta ninguna novedad al mundo audiovisual, sus esquemas son repetitivos, y hace películas panfletarias, sólo van a verlas quienes ya están de acuerdo con sus ideas.
Pero el hecho es que Moore es hoy en día más necesario que nunca por una simple razón: por poner caras, tanto de quienes nos han llevado a sufrir esta crisis, como de quienes fueron los primeros en sufrirla.
El acierto de Moore siempre ha residido en saber darnos las pautas para interpretar hechos tan inexplicables como el despido de 30.000 trabajadores y ruina de una ciudad (Roger and me, 1989), el astronómico número de muertes por arma de fuego en Estados Unidos (Bowling for Columbine, 2002), o cómo llegó su país a meterse en la carnicería de Irak (Fahrenheit 9/11, 2004).
En este nuevo trabajo, Moore desgrana los motivos por los cuales cada siete segundos una familia estadounidense se queda sin casa, mientras se aprueba una ayuda gubernamental de 700.000 millones de dólares para rescatar ciertos bancos.
Porque, ¿alguien sabe realmente cómo hemos llegado al estado actual de crisis? Por supuesto no hablamos del Tercer Mundo, siempre en perpetua crisis. Hablamos de lo que Moore conoce, que es su país.
La película empieza con un vídeo casero dentro de una casa, donde se ven varios coches de policía acercándose. Al principio uno recuerda noticias de personas que se han hecho fuertes en sus propias casas y repelen a tiros a cualquiera que se acerque. En este caso es una familia que aguarda la orden de desahucio con el pestillo echado en las puertas. La violencia con que la policía irrumpe en la casa choca con la resistencia pasiva de sus inquilinos, dándonos la clave del tono general de la película
Moore no tiñe con odio sus documentales. Simplemente intenta comprender por qué se ha llegado al punto de echar de sus casas a miles de ciudadanos de la primera potencia mundial, y cómo se intenta que no se conozcan los verdaderos efectos de esta crisis: la ruina de barrios enteros, ya que los bancos prefieren que las casas se caigan a pedazos antes que devolvérselas a sus propietarios.
¿Es Michael Moore un cineasta necesario? Desde hace veinte años lo viene siendo y, desgraciadamente, cada vez más. Quienes no son necesarios son esos burócratas que juegan con el dinero de millones de familias, acabando siempre con funestas consecuencias

FESTIVAL DE MÁLAGA 2010

Aunque llegamos a los dos últimos días del festival (el sábado está dedicado íntegramente a la clausura) conseguimos visionar nueve películas. A saber: cuatro de la sección oficial (Rabia, La vida empieza hoy, Una hora más en Canarias y Habitación en Roma –fuera de concurso-), una de Zonazine (Sol negro), y cuatro documentales (Danza a los espíritus, Autostop al final de la noche –ambas a concurso-, El poeta sin tiempo –sesión especial-, y Pepe Sales: pobres, pobres que les den por el culo –ciclo documental catalán-). Dejamos fuera los cortometrajes, la videocreación y la muestra de cine latinoamericano, entre otras secciones, pero teníamos que elegir, acosados por el limitado tiempo que disponíamos, y por la coincidencia de varios pases a la misma hora.

El balance del festival es agridulce: pocas buenas películas entre tanto intento por llenar las salas abusando de fórmulas de éxito seguro, decepción ante la presentación mundial de la nueva de Medem, pero al mismo tiempo descubrimiento de nuevos directores (Gami Orbegoso, Sebastián Cordero), y ver que el jurado ha apostado por una fórmula de calidad (Rabia) en vez de lo previsible (Que se mueran los feos).

Será necesario que el comité de selección busque un poco más, y no dé una sensación tan poderosa de estar a merced de las productoras.


22/04/2010

La jornada de hoy ha estado marcada por un denominador común: el sexo. Sexo entre mujeres, entre familiares, entre personas mayores, entre diferentes nacionalidades.


Habitación en Roma
Empecemos con la última película (y van ocho) de Julio Medem, Habitación en Roma (dentro de la sección oficial, pero fuera de concurso), donde desarrolla una historia lésbica con una gran economía de medios: dos actrices (Elena Anaya y Natasha Yarovenko), un lugar (habitación de hotel), un tiempo (la noche de San Juan).
La propuesta es muy atractiva, sobretodo viendo el arranque de la película con un hermoso plano secuencia que encuentra a las desconocidas (una rusa, una española) al fondo de una calle, las recoge frente al hotel, y subiendo la cámara, las vuelve a encontrar ya dentro de esa habitación que no abandonarán hasta la mañana siguiente.

Pero a la media hora, cuando terminan el primer polvo, la película se empieza a cuartear, como los frescos renacentistas que decoran la habitación y tanto parecen inspirar a sus huéspedes en conversaciones insulsas. Concluido el coito, empieza el baile de máscaras, donde crean sus respectivos doppelgängers para resguardarse del otro, porque sólo han follado con el cuerpo, pero ahora empiezan a penetrarse el alma.
El problema es que su pasión, sus dudas, sus miedos son exhibidos desde el abuso, y en cuanto quieren expresarlo, los diálogos se alambican, se pierden en un pasado que más que explicar, estorba, agudizado por dos temas musicales reiterativos (una balada de Russian Red, una aria) según sea un momento en que haya que alegrarse o entristecerse, como si fuésemos el perro de Pavlov mirando las escenas de sexo explícito desde una celosía.
Esto hace que, a pesar de que sus preciosas y estupendas protagonistas se pasen desnudas casi la totalidad de los 109 minutos, uno se aburra, y agradezca los planos que dan respiro a los personajes, enfocando angelotes o detalles del cuerpo, para que pueda apreciar la muy trabajada y esmeradísima fotografía de un Alex Catalán que considero lo mejor, y con diferencia, de la película.
Medem quiere hacernos partícipes del enamoramiento de dos personas del mismo sexo, aunque una de ellas haya sido hasta el momento heterosexual, pero lo que hace es dejarnos fríos, invadido por el tedio, y con la sensación de que una vez más se ha desperdiciado a una gran actriz como Elena Anaya.
Me quedo con las ganas de ver cómo funciona en el mercado internacional, al cual va claramente dirigido, tanto por su título (Room in Rome, mucho más acorde al toque elegíaco que busca Medem) como por el lenguaje usado, el inglés, a pesar de que Natasha Yarovenko desarrolla su carrera en España.

Puede ser que en el extranjero consideren estos defectos, virtudes.


Sol Negro

Zonazine, la sección de las propuestas más radicales, se cierra con una película que ya tiene dos años de vida, lo que te hace cuestionar, cuanto menos, los criterios de selección.

Proyecto de ex alumnos del Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya, su director, Gami Orbegoso (peruano afincado en Barcelona), cuenta cómo la protagonista regresa a casa tras la muerte de su hermano, reabriéndose las fisuras que intentó dejar atrás: una madre que obvia lo imposible con tal de no estar sola, un padrastro afligido por la muerte de su hijastro y amante. Una historia del daño que causa la ausencia de cariño.

Con este tema, nada del tratamiento es superfluo. El uso intensivo de los primerísimos planos, el desenfoque, la banda sonora ruidista, la cámara siempre en movimiento, sólo hacen acrecentar la angustia de la trama. Entre los fotogramas se cuelan todas las influencias que alguna vez hicieron revolverte en la butaca: Lynch, Noé, Haneke, los Dardenne, pero sobretodo Grandrieux, omnipresente en cada plano.

Orbegoso, a través del tratamiento intensivo de la imagen, consigue desprender cualquier atisbo de moralidad. Cuenta, no juzga. Y entre medias, una no-historia, minutos entrelazados con el argumento por las mismas sensaciones que desprende. Un bonito ejercicio no de retirada, sino de coger carrerilla para encarar el final de la película.

En definitiva, y aun sabiendo que parece una franquicia de Philippe Grandrieux en España, una ópera prima a tener en cuenta, un director que esperemos no sea una rara avis en el panorama patrio.


La vida empieza hoy

Lo reconozco, la comedia española me hace muy poca gracia. En esta película Laura Mañà vuelve a dar una vuelta de tuerca a los tópicos del sexo, y para ello emplea un grupo de la tercera edad. Chistes vacíos, personajes estereotipados, y un ritmo digno de hormigonera para una película que, para asombro, ganó el premio de la crítica.

Rabia

Acabamos la jornada con la sorpresa del festival, una coproducción entre México, España y Colombia, dirigida por un ecuatoriano (Sebastián Cordero) adaptando la novela homónima del escritor argentino Sergio Bizzio. Esta macedonia de nacionalidades viene coronada por el espectacular trabajo del mexicano Gustavo Sánchez Parra (mención especial del jurado) y de los españoles Álex Brendemühl (mejor actor de reparto) y Concha Velasco (en su mejor papel, según lo visto por quien suscribe este texto).

Cordero crea una atmósfera de tensión dosificando inteligentemente el suspense, introduciendo (y eliminando) personajes alrededor de una pareja de inmigrantes sudamericanos que continúan con su amor a pesar de la muerte y la distancia.

El jurado presidido por Ángela Molina apuesta por una película que deja en la cuneta a sus competidoras. ¿Será la próxima Celda 211?

23/04/2010

Hoy nos centramos en otra película a concurso (Una hora más en Canarias), y en las diferentes secciones documentales.

Una hora más en Canarias

Comenzamos la penúltima jornada festivalera con otro producto englobado dentro de las comedias musicales, subgénero que tan buenas rentas ha dado a la industria del cine español, pero que por regla general ni siquiera consiguen su propósito, la simple (pero complicada) labor de entretener. Una hora más en Canarias tira la toalla desde el minuto cero, pasando de entretener a simplemente ayudarte a pasar el rato, y yo para pasar el rato me compro una bolsa de pipas, que es más barato.

Mucho baile, mucho colorido, mucho lío argumental (chica casada que quiere recuperar a su ex ligue, metiéndose por medio hasta el apuntador), y mucho, mucho aburrimiento y vergüenza ajena. Lo mejor, la belleza de Juana Acosta, una colombiana de ojos infinitos. Lo peor, ver metido a un actor como Quim Gutiérrez en cien minutos de banalidad.


El poeta sin tiempo

Fuera de la sección a concurso se presenta este documental dirigido a la par por Nacho Sánchez y Jorge Peña sobre la figura del poeta José Antonio Muñoz Rojas. Bajo un título tan sugerente se recorre la vida del poeta de una forma completamente canónica: desarrollo cronológico, entrevistas a familiares y especialistas, narración en off, declamación de sus versos... Todo tan bienintencionado como plano, tan pulcro como efímero. Justo el tipo de documental que hace que el público no tenga ganas de una segunda experiencia.

Pepe Sales: pobres, pobres que les den por el culo

Como ejemplo del ciclo de documental catalán elegimos el acercamiento que hacen Albert Plà y Lulú Martorell a una figura tan desconocida y fragmentada como el artista Pepe Sales. Poeta, músico, pintor, figura maldita de la Barcelona de los 80, pero que desde hace años tanto Plà con sus espectáculos, como Martorell con sus recopilaciones de textos, han hecho que salga del anonimato.

Documental poliédrico y vitriólico como su protagonista, como sus autores, difícil de digerir, mezcla de homenaje y broma, reivindica el uso del vídeo, del montaje rápido, de que menos (medios) es más (diversión). Albert Plà en estado puro.

Danza a los espíritus

A concurso entraba el nuevo proyecto del genial Ricardo Íscar contando la historia de Mba Owona Pierre, curandero y jefe de Nsola, un pueblo perdido de Camerún. Mezclando la realización de sus rutinas domésticas con la explicación del mito de Evu (la llegada de la muerte al mundo de los humanos, al mismo tiempo que la posibilidad de acceder al lado invisible del universo), nos prepara para la realización de la danza a los espíritus, el tratamiento de los males provenientes de un mundo nocturno poblado de espíritus que atacan a su gente.

Rodado bajo las premisas del antropólogo Lluís Mallart, Íscar lo considera simplemente un documental “de creación”, en vez de “antropológico”, notándose el toque Portabella de la producción.

Casi sin querer, Íscar nos adentra en un mundo que parecía perdido, casi prehistórico, donde las creencias más ancestrales se revelan las más actuales, haciéndonos comprensible un mundo totalmente críptico para nuestra cultura, pero al mismo tiempo igual de mundano.

Autostop al final de la noche

Mala forma de acabar el día. Todavía no me explico (o prefiero no saberlo) cómo este documental puede haberse colado entre la sección a concurso, y no por el tema, sino por las ínfulas creativas que lo rodean. Cuenta la historia “del tonto del pueblo”, en palabras de su director, un joven rechazado por todos que se refugia en la música, volviéndose un cantautor que quiere ser como Jarabe de Palo pero que se parece más a Albert Plà. La historia de Pedrito podría haber sido verdaderamente interesante si Miquel Àngel Raió no se hubiera entretenido en grabar cielos y farolas como si se le hubiera olvidado apagar la cámara, o si no hubiera repetido casi exactamente las mismas frases, demostrando que el montaje es todavía una asignatura pendiente.

Publicado en http://www.otroscines.com/

Fotografías de Victoria Manjón-Cabeza Clouté

jueves, 10 de diciembre de 2009

MAL DÍA PARA PESCAR, Uruguay, al igual que Teruel, existe, y da mucho de sí.

Uno se escaquea un cuarto de hora antes del curro para poder pillar el tren que te deje a las puertas de la filmo a las 17:30 clavadas para poder ver La noche que dejó de llover, y resulta que te han cambiado la programación. A la cabeza se te vienen las colas, las esperas, las anulaciones, la falta de entradas para todas esas películas que nunca llegaste a ver, te acuerdas de todas esas horas en el metro que podía haber empleado en cualquier otra chorrada, y terminas pensando que en el fondo eres un jodido friky, porque te niegas a ver pelis bajadas de internet, porque crees que las películas se hacen para verse en una pantalla que no se mida en pulgadas, y que si se rueda en celuloide también se tiene que proyectar en celuloide. Te acuerdas de todos los personajes que ya tienes identificados en cada pantalla a la que vas (el que ronca, al que le suena la alarma del teléfono y que nunca apaga, el que está sordo y grita pensando que susurra, el que huele a vagabundo).

Uno termina pensando si lo que tiene que ver son las cien películas imprescindibles que todo libro nombra, y olvidarse de hacer descubrimientos, de rebuscar en países, directores, actores de los que nunca más se volverá a saber. Y después piensas que no, que no es que te guste el cine, es que lo amas, y como a tu pareja, quieres pasar el mayor tiempo posible pegada a ella para descubrir hasta el más mínimo detalle, y que cuando pasas más de un día sin verla, ya te entra el mono.


Sonará enfermo, pero qué coño, es la realidad.


Como decía, iba a ver La noche que dejó de llover, película del 2008 que finalmente iba a estrenarse el 20 de noviembre y, o yo no me he enterado, o no localizo cine que la haya estrenado (parecer ser que en Coruña, pero en fin… nunca me termina de pillar de camino). Pero la filmoteca tiene sus propias reglas: cambian de programación, no llegan las latas, no llega el que se encarga del subtitulado… Ojo, no confundáis: por mí, puede tener estos fallos y cientos más. A cambio me ha descubierto cientos de películas, he redescubierto otras tantas, y todas las que me quedan, a un precio simbólico. Porque de otra cosa nos podremos quejar, pero de apuesta por un cine de calidad y barato (si no gratis) en Madrid, no he visto en ninguna ciudad (vale, no soy un trotamundos, está claro).


Después de esta parrafada autobiográfica con pinceladas estrambóticas en un vano intento por emular a Henry Miller, decir que si entré en la sala fueron por dos razones:


1.- me repateaba la moral volver a meterme en el metro habiendo salido de él hacía cinco minutos


2.- la película sustituta estaba protagonizada por extranjeros


Y tú, inteligente lector o amiguete aburrido, pensarás que el motivo de que sean actores extranjeros no es suficiente para ver una película. En este caso sí, y me explico: la taquillera te vendía la peli como reajuste dentro de la programación de los Goya que proyectaba la filmo, por lo que tenía toda la pinta de ser española, y el título (recordemos, Mal día para pescar, no muy fino, está titulada como dando por hecho que no va a haber casi público interesado en ella) me atraía tanto como un café con leche y anchoas.


Derrumbando en mi butaca, mi primera sorpresa era comprobar que era una coproducción, con Uruguay como país principal, pero que ahí estaba metida hasta la comunidad de Madrid. Pues nunca había visto una película de aquel país, por lo menos veremos qué paisaje tiene esas tierras. Mi segunda sorpresa fue la pareja protagonista. Uno, Gary Piquer, un escocés de padre catalán, al principio dudabas de cuál era su idioma materno, el inglés o el español, y te das cuenta que hay gente que tiene en don de la ubicuidad lingüística. Dos, Jouko Ahola, una mole humana, un golem escandinavo, el hombre más fuerte del mundo en 1997 y 1999, y que yo vi en un programa de Eurosport levantando y empujando toneladas de objetos como si de un cruce ario entre un harrijasotzaile con el increíble Hulk se tratase. Y yo que al ver el programa pensé que era japonés…


Vamos al meollo. Piquer, que se hace pasar por un príncipe, es el manager de Ahola, un antiguo campeón de lucha libre, que ahora se dedican a recorrer pequeñas ciudades de Latinoamérica retando a quien pueda tumbar al gigante por mil dólares. Por supuesto, ni tienen mil dólares, ni Príncipe, como se hace llamar, deja que nadie que pueda vencerle se le enfrente, amañando las peleas. Hasta…


Hasta que llega el momento de la verdad, enfrentarse a alguien más joven, más fuerte y menos borrachazo que el gigante finlandés.


¿Resultado? Un producto mucho más que digno, una historia de pícaros en la que el desarrollo de los personajes se queda corto (¡el tiempo no da para más!) pero compensado con una fotografía de tonos cálidos que nos sumerge en un perpetuo atardecer, compensado con una ristra de nuevos rostros que sabes difícilmente vas a volver a ver, pero que se merecen miles de oportunidades (grandioso el periodista de cuarta interpretado por César Troncoso, personaje puro, el hijo bueno de Rick Blaine).


Álvaro Brechner, guionista y director, primerizo en la dirección de largos, sabe el oficio. Que se venga a España, se hinche a subvenciones, y haga algo decente en suelo patrio de una puta vez.


Fin, que tengo sueño.

martes, 8 de diciembre de 2009

AL FINAL DEL CAMINO, o cómo la televisión fagotiza el cine

La pequeña pantalla siempre ha sido un trampolín hacia el cine, tanto para actores como para técnicos, y el caso español no ha sido una excepción. Además, con la actual ley de cine las televisiones tienen que invertir un 5% de sus ingresos en la producción de películas. Y donde está la ley, está la trampa. Las cadenas crean sus propias productoras de donde salen películas que explotan los personajes creados en sus propias series como si de spin offs se tratasen.


Al final del camino es uno de estos productos, donde el gancho comercial para su target es la pareja protagonista, unos Fernando Tejero y Malena Alteiro atrapados por sus personajes televisivos.


El cartel promocional de la película era bastante premonitorio: los protas sonríen a pesar del exceso de photoshop, mientras el resto del reparto nos dan la espalda, sin una línea de texto sobre la película. No hay conexión entre personajes, como si de esculturas románicas se tratasen.

Este hieratismo se traslada a todas las escenas de la película, donde los actores salen al paso de una dirección tirando a nula, y en el que el guión hace agua hasta convertirse en diluvio universal.


Y es que el eterno problema con la comedia española es que tiene muy poca gracia. Las películas se basan en chascarrillos desperdigados por la cinta para que el espectador no caiga en el tedio más absoluto.


Aún con todo, esta comedia está por encima de la media nacional, gracias a (o a pesar de) unos actores desperdiciados que siempre esperamos verles en papeles donde puedan desplegar todo su buen hacer, aunque uno empieza a pensar que se han vuelto comodones y que, como la tele, sólo buscan maximizar su imagen.


Esperemos a ver qué les deparan los futuros trabajos. Si no estrenan en el Festival de Málaga, será una buena señal.




Ficha técnica:

Al final del camino (2009)

País: España

Director: Roberto Santiago

Guión: Javier Gullón y Roberto Santiago

Estreno: 8 de abril de 2009

Duración: 100 min

Dirección artística: Soledad Seseña

Fotografía: Juan Antonio Castaño

Montaje: Ángel Armanda

Reparto:

Fernando Tejero: Nacho

Malena Alterio: Pilar

Javier Gutiérrez: Jose

Diego Peretti: Olmo

Javier Mora: Antonio

Cristina Alcázar: Bea

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Muchas gracias a Ernesto Rodera por el uso de su dibujo.

Si te ha gustado (o no), echa un ojo a www.rodera.net

lunes, 4 de mayo de 2009

LOS ARQUITECTOS, la construcción es política

Estamos ante una de las últimas películas de la
DEFA (Deutsche Film AG), empresa que monopolizó la producción cinematográfica de la República Democrática Alemana. Fundada en 1946 en la Alemania ocupada por la Unión Soviética, su idea era recuperar la industria cinematográfica para inculcar los valores del socialismo tras doce años de régimen nazi. Su primer fruto fue la espléndida Los asesinos están entre nosotros (Die Mörder Sind Unter Uns, Wolfgang Staudte, 1946). Cuando la DEFA se vendió en 1992 a un conglomerado multimedia francés (Compagnie Générale des Eaux), había producido 950 películas, 820 películas de animación, más de 5800 documentales y noticieros, y 4000 doblajes de películas extranjeras.
Pero Los Arquitectos no fue una producción más de la DEFA. “Cada día me preguntaba si tenía sentido seguir con el rodaje”[1]. Esta frase del director Peter Kahane resume las especiales circunstancias que rodearon la filmación, mientras se desintegraba la RDA. Pero echemos la vista un poco más atrás.
En Navidades de 1988 se acepta el guión, aunque el rodaje se pospuso hasta octubre de 1989. Para el equipo, el nueve de noviembre, día de la caída del muro de Berlín, fue un día más de trabajo. La mayor preocupación del director era saber si su equipo había cruzado la frontera, si podría seguir con el rodaje a la siguiente mañana.
Todo el peso de crítica política que tenía la película se esfumó. El debate que quería avivar estaba ocurriendo fuera del rodaje. Tuvieron que re-escribir el guión para darle un tono general acorde con los nuevos tiempos, filmando nuevas escenas.
La segunda pregunta más frecuente en eso días era si hubiera sido más conveniente cambiar el rodaje de ficción por un documental. La realidad tenía mejor guión que el que habían escrito. En Friedrichstrasse (Checkpoint Charlie) filmaron la despedida de la hija, mientras la gente esperaba la caída del muro. La filmación en la puerta de Brandemburgo ocurrió con el muro ya abierto, con el miedo entre el equipo de que derribasen el muro de la puerta antes de rodar la escena.
¿Y de qué trata esta película fósil? De un arquitecto que no ejerce. Vive con su familia a las afueras de Berlín, en uno de esos barrios nuevos totalmente deshumanizados a base de construir bloques de viviendas con elementos prefabricados, sin espacios de tránsito que inviten a la conversación o al encuentro casual.
A este arquitecto, alumno aventajado del profesor más innovador de la escuela, se le ofrece el desarrollo de un gran proyecto urbanístico residencial. Él solo impone la condición de reclutar su propio equipo.
Pero poco a poco la ilusión desbordante de poder poner en práctica todo lo que aprendieron se va transformando en desazón al no obtener resultados, al verse enfrascados en una lucha diaria ante las directrices de los delegados del partido, ese Gran Hermano fáctico que controla todos los aspectos de la sociedad para anular la individualidad en aras del ente colectivo, un ente a su vez constreñido por la falta de medios, de presupuesto, y urgido por una funcionalidad ante la cual se supedita todo y todos.
Ante esta realidad marciana (no es un arquitecto, es un transformador, un procesador, donde no puede innovar en los planteamientos, no puede elegir materiales diferentes a los realizados en serie, no puede proponer soluciones estéticas que rompan la monotonía) los arquitectos no se revelan. Tienen que jugar dentro de los límites marcados, cada vez haciendo más y más concesiones, hasta ver que su propuesta es exactamente igual a la que rechazaban ellos mismos en un principio.
Ya hubo advertencias a lo largo de la película: al elegir a su equipo, muchos de sus antiguos compañeros prefirieron seguir en sus puestos de trabajo (pastores, camareros), sabiendo que lo único que les iba a repercutir era amargura y una mayor desilusión.
Durante el desarrollo del proyecto varios miembros abandonan. Su mujer se exilia con un suizo, llevándose a la hija de ambos (terrorífica la imagen del padre en la puerta de Brandemburgo, diciendo a su hija el color de sus ropas para que pueda divisarle al otro lado del muro, donde lo único que se ve es una masa informe, un conjunto de colores que bien podría ser un cementerio de automóviles).
El ideal de proyecto, que iba a dar mejores hogares a los alemanes, que iba a eliminar la frustración de todo el equipo, lo único que acarrea es la desintegración de la familia del protagonista. ¿Qué tendría que haber hecho para preservar su familia? ¿Seguir con sus aspiraciones aparcadas hasta el momento? ¿O fue el ver que el marido podía ser feliz lo que hizo a la madre aspirar a más? Desde el principio la mujer no está ilusionada con su vida, no le gusta dónde vive. Termina escapando de la RDA, pero sin poder echarle nada en cara al marido. Él la sigue queriendo, parece que la ha querido siempre. ¿Habrá sido el Estado el culpable de la ruptura?
Del resto, personajes sin definir. Algunos entran y salen de la historia sin saber realmente qué aportan, como el amigo que le deja el piso-picadero.
Todas estas tribulaciones las recrea Kurt Naumann, un actor totalmente desconocido hasta la fecha, y que desgraciadamente no ha sido muy prolífico. ¿Será el protagonista el más valiente de todos? ¿Lucha por la comunidad, o por él mismo? ¿Sacrifica a su mujer e hija por el proyecto, o se hubieran ido de todas formas?
Al final, el protagonista termina tendido en el solar donde se van a levantar los edificios, agarrado a una botella y con una irónica medalla por sus soluciones arquitectónicas innovadoras,
Sin saberlo, estaba apostando a no ganar jamás.





Ficha técnica:
Die Architekten (1990)
País: República Democrática Alemana
Director: Peter Kahane
Guión: Peter Kaen y Thomas Knauf
Estreno: 27 de mayo de 1990 (República Federal de Alemania)
Duración: 97 min
Dirección artística: Heike Pfeiffenberger y Klaus Selignow
Fotografía: Andreas Köfer y Christoph Prochnow
Montaje: Ilse Peters
Reparto:
Kurt Naumann: Daniel Brenner
Rita Feldmeier: Wanda Brenner
Uta Eisold: Renate Reese
Jürgen Watzke: Martin Bullat
Ute Lubosch: Franziska Scharf

martes, 3 de febrero de 2009

EL OTRO, apología del cine sin fin.

Sin fin. Así es como terminaba sus cinegrafías Val del Omar, cineasta tan vanguardista como poco conocido. Y de una historia sin fin y sin principio es de lo que trata El Otro, película que enraíza con un cine en boga en estos últimos años a lo largo de todo el mundo (Hirokazu Koreeda en Japón, Carlos Reygadas en México) y especialmente en España (Jaime Rosales, Pedro Aguilera, Javier Rebollo). Es un cine heredero de Ingmar Bergman y de Michelangelo Antonioni, de Kaurismaki y Kiarostami, de Víctor Erice, de Yasujiro Ozu, de Hou Hsiao-hsien, influencias retomadas por cineastas que no superan los 40 en su mayoría, y donde sus (minoritarias) películas navegan dentro de un magma de diferentes movimientos (nuevo cine americano y asiático) que conformarán el cine que veremos en el futuro.


Pero de momento tenemos el presente, llamado El Otro, película realizada entre dos personas: el director Ariel Rotter en su segunda incursión, y el veterano (y extraordinario) actor Julio Chavez.
Rotter rueda un momento crucial en la vida de cualquier persona, y que todos tenemos por decenas cada día: nuestras elecciones. En esta película, coger o no un autobús es algo determinante, al igual que elegir un hotel, decidir permanecer un día de más en una ciudad nueva, seguir o no a esa mujer que nos ha llamado la atención, decidir ser arquitecto o médico, querer llamarse Juan Desouza o Manuel Salazar, Emilio Branelli o Lucio Morales. Rotter y Chavez juegan a deconstruir su personaje a cada paso que da.
En los primeros momentos se nos presenta al personaje: nombre, edad, profesión, estado civil… Y a partir de entonces empezamos a percatarnos de que las elecciones que hace son lo opuesto a lo que normalmente realiza, lo cual no quiere decir que sean elecciones acertadas o desafortunadas, moralmente buenas o reprochables. Simplemente, son suyas, echas al azar, se podría decir que es el último personaje a engrosar la larga lista comenzada por Tristan Tzara.
Sobre las espaldas del excelente actor Julio Chavez recae todo el protagonismo de la película, llenándolo de una psicología infantil, haciendo que se mueva en un ambiente de guardería de post-guerra: nadie conoce a nadie, pero todos se necesitan. Chavez se mueve entre calles desiertas, entre autobuses llenos. Y por donde pasa, nada vuelve a ser lo mismo.
La película narra cómo el protagonista reacciona a la noticia de que su mujer está embarazada, y aprovechando un viaje de trabajo, usurpa e inventa identidades que le permite moverse libremente, sin ninguna atadura, hasta que se encuentra en una situación que requiere de su falso estatus, por lo que sale huyendo, reencontrándose con la realidad que había dejado días atrás, sin que parezca que haya habido interrupción. Sin fin y sin principio. Nunca sabremos cómo es en el fondo su vida, sólo tenemos trazas de ella, indicaciones para que nosotros construyamos el resto de su vida.
Esto puede que deje impasible y frío a cierto tipo de espectadores, acostumbrados a que se les describa todos los vericuetos de las historias, haciendo de difícil acceso esta película. Y es que no es una película para todos los públicos. Pero, ¿acaso somos un público para todas las películas?










Ficha técnica:
El Otro (2007)
País: Argentina/Francia/Alemania
Director:Ariel Rotter
Guión:Ariel Rotter
Estreno 23 de enero de 2009 (España)
Duración: 83 min
Dirección artística: Ailí Chen
Fotografía: Marcelo Lavintman
Montaje: Eliane Katz
Reparto:
Julio Chávez: Juan Desouza/Manuel Salazar/Emilio Branelli/Lucio Morales
María Onetto: Recepcionista Hotel
María Ucedo: Mujer Entre Ríos
Inés Molina: Claudia, la mujer
Arturo Goetz: Escribano
Osvaldo Bonet: Padre de Juan

SHINE A LIGHT, los Stones asépticos

Decía un amigo que hacer un documental de un concierto era como mezclar un rioja con gaseosa: de dos cosas buenas sale una chapuza. De los conciertos, si la banda sigue activa y no se ha reunido por dinero, nada como ir a su directo.
A los Stones todavía les quedan años, pero lo que ha hecho Scorsese es lo más parecido a un concierto suyo que vas a encontrar. Falta el sudor, el tabaco y el alcohol, las colas, faltan los nervios y las copas de después, pero en ningún momento te sentirás defraudado.
Muchos de nosotros esperábamos un documental sobre los entresijos de la banda, sus
momentos privados en camerinos, sus secretos confesables, la versión stoniana de El último vals (The Last Waltz, 1978). En cambio nos ha entregado el mejor concierto filmado desde el Zoo TV Live from Sydney de U2 (David Mallet, 1994), demostrando que ni Scorsese ni los Stones, ni el rock ni los documentales han muerto.
Rodado en el Beacon Theater de Nueva York, seguramente haya sido una de las últimas
oportunidades de verlos en un recinto cerrado y de una forma tan próxima (obviamos los pases privados contratados a base de talonario). Para ello empleó Scorsese los dos días de la gira A Bigger Band Tour que tocaron en dicho teatro. Es decir, todo el pseudo documental introductorio sobre la lista de canciones a tocar en vivo que tan de cabeza trae supuestamente a Scorsese no deja de ser una broma hacia los espectadores, poniendo al director como un títere en manos de la banda.
Scorsese enriquece la filmación con una cuidada selección de material de archivo televisivo, de la que parece destacarse más la torpeza de los entrevistadores que las geniales respuestas de los Stones, y cuyos momentos más interesantes radican en las variadas respuestas que dio Jagger a lo largo del tiempo a la recurrente pregunta “¿Hasta cuándo piensan seguir tocando?”.
Nada queda de los salvajes Stones. Son músicos profesionales que se toman muy en serio su trabajo, incluso a pesar de pasarle factura en lo
físico a ciertos miembros de la banda (Charlie mirando a cámara y resoplando al acabar un tema, o Keith ayudando a Charlie a bajarse de la batería al final del concierto). Los Hells Angels han sido sustituidos por la familia Clinton (aunque todavía resuena el “Hey, Clinton, I´m Bushed!” que le suelta Keith a Bill Clinton después de esperar y saludar a toda su familia) , los desplantes a cámara por las fotos protocolarias, los ríos de whisky por presumible cerveza sin alcohol en vasos de cartón. Pero cuando arranca un tema, todo esto queda atrás, y sólo ves a una banda de rock (la mejor, por lo menos, en la actualidad, y de largo) a través del enfoque de un director que tiene un concepto de la estética cercano a lo sublime (auque el final baje un poco el tono general, con Scorsese dirigiendo de forma histriónica frente a la cámara)
Como nota interesante observar que cuando la cámara está enfocando de cerca un instrumento, su sonido se potencia sobre el resto. Si Ron raspa las cuerdas en primer plano, destaca sobre el resto de la banda. Este efecto de sonido hace sentirte más cercano a la banda (quien haya estado en alguno de los últimos conciertos cerca de la pasarela, sabrá de qué hablo cuando pasan por encima de tu cabeza). Punto para la tropa de Scorsese.
Resumiendo, un muy recomendable concierto para visionar (en cine, en cine, niños). Pero recuerda, los Stones siguen vivos y volverán a pasar cerca de tu ciudad para sacarte la lengua, así que no lo dudes la próxima vez.

Ficha técnica:
Shine a Light (2008)
País: Estados Unidos, Inglaterra
Director: Martin Scorsese
Estreno 4 de abril de 2008 (España)
Duración: 122 min








TOUT EST PARDONNÉ, un cadáver exquisito de película

Cuando vamos al cine, no esperamos otra cosa que ver una historia a 24 imágenes por segundo. Algunos no están muy de acuerdo en que un invento del siglo XIX se utilice exclusivamente para narrar, como desde hace siglos hace la pintura, la literatura, la escultura, la música.
En los orígenes del cine pocas historias se contaban. Muchos lo explican como un “pecado original”: al no poseer un dominio de la técnica no se podían crear grandes relatos. Después se institucionalizó, y se vio que la mayor rentabilidad la daban las narraciones, por lo que desde la década de 1910 sólo ha habido un puñado de atrevidos artistas que no han seguido la “tradición”, hecho tan relevante como cuando los impresionistas salieron del taller, y se llevaron su caballete al campo. ¿Habrá que esperar cien años para que la gente haga cola ante una película de Pere Portabella, como ahora se hace en el Van Gogh Museum?
Antes de seguir divagando veamos de qué trata Tout est pardonné. La historia comienza en Viena, donde vive un matrimonio (ella austriaca, él francés) con su hija de seis años. Él, ex-profesor de francés en paro, busca la forma de concentrarse en su poesía. Ella, trabajadora activa, parece que sólo consigue ver como su marido desaparece días enteros sin dar explicaciones.
Desde el comienzo de la película se deja claro la intención de ambos de volver en un mes al París donde se conocieron para tratar de recuperar el sentido de su relación, pareciendo a su vez alejarse de algún peligro.
Esta pareja se quiere, se ama, y aman a su hija también, pero algo dejan entrever los ojos del padre. El peligro al que nos referíamos: la drogadicción. El padre intenta evitar que su adicción no afecte a su vida más allá que como mera desconexión temporal para encarar la escritura de poesía, pero por momentos parece no querer controlar la situación. Si no fuese por estas ocasiones se les vería como un matrimonio normal, más que normal, feliz. Se aman. Pero la mujer tiene miedo, es consciente de este peligro, y lo plantea ("¿no me prometiste no volver a beber antes de las seis?"). No se sabe de quién fue la idea de volver a París; lo que se ve es que no es la solución. Nunca se aclara si su adicción empezó hace años, ni tampoco si la droga fue el detonante del deterioro de la relación. Lo que sí sabemos es que fue el último empujón hacia el abismo.
El padre no modifica sus hábitos ("por las mañanas escribo, por las tardes paseo, y por las noches... me drogo"), y su mujer parece no aguantar más. Entonces el padre tiene un arrebato de ira (¿el primero? ¿uno más de una larga lista?), y la madre desaparece con su hija mientras él permanece en París.
Nos quedaremos con la primera parte, para no desentrañar este trabajo. El guión de la segunda parte del filme tiene un tratamiento idéntico: se cuenta una historia, pero faltan párrafos, hojas, incluso capítulos enteros, y es el espectador el que tiene que completar estos agujeros de la trama. En nuestras vidas esos huecos se van llenado con el tiempo, comprendiendo con los años por qué actuábamos de cierta manera. Aquí no podemos tener esa perspectiva que nos dan los años, ni tampoco conocemos qué ocurrió anteriormente en la vida de los personajes (¿de quién fue la decisión de ir a vivir a Viena?, ¿desde cuándo es drogadicto el padre?, ¿por qué está en paro?). Tampoco nos han dado herramientas para revelar la inocencia o culpabilidad de los personajes (en uno de los encuentros paterno filiales el padre cuenta como la madre decide volver a Viena con la hija de dos años de edad, pero con o sin el marido; lo que no sabemos es el por qué del ultimátum, ni cómo le afectó al marido en su momento, al igual que tampoco sabemos si el maltrato a raíz del brote colérico fue una excepción).
La psicología de los personajes tampoco ayuda a aclarar la situación. El padre, hombre cultivado, pero con una extraña mirada que mezcla felicidad, asombro, y una profunda melancolía. La mujer, temerosa y a ratos atormentada, en ningún momento parece liberada de su pasado-presente. La hija, adolescente que nunca exterioriza su alegría, sorpresa o tristeza, salvo en un momento que aparece exultante en una discoteca mientras baila (y donde te dan ganas de salir de la proyección y liarte a copas tú también). Escena, por cierto, rodada de forma recurrente en el cine francés: breves cortes donde el protagonista aparece bailando, sin diálogo, pero sin que la música sufra interrupción (Entre chiens et loups -Jean-Gabriel Périot, 2007-, Sombre - Philippe Grandrieux, 1998-).
En el fondo, lo que parece esta película es un enorme cadáver exquisito, donde no sabes qué ha ocurrido entre escena y escena, dejándote llevar por la sorpresa del siguiente momento. Como la vida misma.

Ficha técnica:
Tout est pardonné (2007)
País: Francia
Directora: Mia Hansen-Løve
Guión: Mia Hansen-Løve
Duración: 105 min
Fotografía: Pascal Auffray
Montaje: Marion Monnier
Reparto:
Paul Blain: Victor
Marie-Christine Friedrich: Annette
Victoire Rousseau: Pamela niña
Constante Rousseau: Pamela adolescente
Carole Franck : Martine

CABEZA DE VACA, intrahistoria de nuestra Historia.


Sobre la autobiografía de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios y comentarios, se levanta esta película. Describe los ocho años que pasaron perdidos los cuatro supervivientes de entre 300 después de que su barco naufragase frente a las costas de Florida. Se convirtieron en esclavos, comerciantes y curanderos, recorrieron la frontera entre México y Estados Unidos, convirtiéndose en un mito viviente entre los indios, hasta que volvieron en 1536 a territorio ocupado por los españoles.
¿Cómo filmar estos años de abandono, de pérdida, de extravío, entre gentes totalmente desconocidas, en terrenos donde ningún blanco había puesto sus pies, cuando hacía sólo 25 años que se tenía constancia de este nuevo continente? Echevarría no es el Malick de El Nuevo Mundo (The New World, 2005), con su personal y discutible acercamiento al tema; no es el Scott de 1492: La Conquista del Paraíso (1492: Conquest of Paradise, 1992), con su visión plana y culturalmente impositora. Es un director mexicano curtido en el campo del documental etnográfico, que utiliza su experiencia para acercarse a esta serie de choques culturales, perlados de toques de genialidad, como en la última escena, donde una treintena de soldados portan una enorme y resplandeciente cruz metálica entre lo que parece ser un lago secado bajo un sol que pesa más que la propia cruz, y con un tamborilero que marca el ritmo de la misma forma que si estuviese en galeras.
¿Cómo interpretar a un aventurero que sobrevive a un naufragio, un cristiano convertido en chamán? Juan Diego, actor destacado por su continencia escénica, es aquí un ser histriónico, todo gestos y expresiones hiperbólicas que contrarresta un guión con poco diálogo. Pero ¿es que podría imaginarse de otra manera?
Echevarría realiza un acercamiento bastante honesto a lo que pudo suceder en un momento histórico que nos resulta más lejano que cualquier invasión alienígena (que, recordemos, nunca hemos sufrido), a pesar de que el cine iberoamericano posee una nula tradición de trabajos basados en esta época, y en nuestra historia en general. Y cuando al final alguien se decide a contarla, somos incapaces de mantener una postura objetiva. Mientras los estadounidenses crearon un género a raíz de su guerra civil, el Western, nosotros seguimos anclados en el maniqueísmo de malos contra buenos, buenos contra malos.
¿Para cuándo auténtico cine sobre nuestra historia? No es necesario un gran presupuesto, sólo directores y productores valientes. ¿Por qué Amenazar se atreve con un relato de la Grecia clásica, pero con la batalla de Mühlberg? ¿Estaremos condenados a versiones alatristenianas de nuestra historia? ¿O a películas comisionadas tipo La conquista de Albania (Alfonso Ungría, 1984)?
Echevarría se atrevió, pero ocurrió en el contexto del V centenario del encuentro. Ya ha transcurrido veinte años, tanto tiempo como el que pasó desde la llegada de Colón al naufragio de Cabeza de Vaca.
Pero esto, parece ser, es otra historia.



Ficha técnica:
Caveza de Vaca (1991)
País: México, España, Estados Unidos, Inglaterra
Director: Nicolás Echevarría
Guión: Nicolás Echevarría y Guillermo Sheridan basados en la autobiografía Naufragios y comentarios
Fotografía: Guillermo Navarro
Montaje: Rafael Castanedo
Duración: 112 min
Reparto:
Juan Diego: Álvar Núñez Cabeza de Vaca
Daniel Jiménez Cacho: Dorantes
Roberto Sosa: Cascabel/Araino
Carlos Castañón: Casillo
Gerardo Villarreal: Estebanico